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Palabra Digital

Reporte especial: El arte detrás de la artesanía olvidada

La Ciudad de México es una urbe tan cosmopolita que su arte se asoma por todas sus avenidas. Sin embargo, solo unos pocos como Ruth Lechuga se dan cuenta de que éste rompe los formatos tradicionales y se abre camino hacia nuevas expresiones. Los prejuicios de clase se imponen y se pierde la oportunidad de apreciar qué mundos se asoman a través de la artesanía.

 Por: Tamara Benavides

Donde la artesanía se asoma

Cuando se visita Plaza del Carmen, Tenanitla o San Jacinto, en la colonia San Ángel de la Ciudad de México, de primeras algo salta a la vista, la abundancia de color que se descubre como a cucharadas. En cada esquina de arquitectura colonial algún artesano exhibe su arte al ras de la banqueta.

Lo blancos blusones de hermosos bordados de punto de cruz ––xok bil chuuy en maya–– recuerdan a los huipiles o ternos yucatecos; los acompañan las mantas con vibrantes tenangos hidalguenses; encajes plumeantes mazatecos y chaquiras hipnotizantes te transportan al Wirikuta ––lugar sagrado de los Wixárikas (huicholes) en San Luis Potosí––. Luego, el contraste. Al frente, la galería Toca Madera y la joyería Citlali que “recupera” la talavera.

Aquellos imponentes sitios de amplios ventanales muestran a los curiosos turistas, y a uno que otro mexicano, la misma “artesanía” ––pieza–– que vio hace un momento con el artesano. La diferencia, el status. En los amplios salones de luces frías, los cuadrados de triplay y estambres de colores ––que retratan la cacería del peyote (cactus alucinógeno)–– son una obra de arte que se valúa en al menos 20 mil pesos. En la calle el mismo retablo vendido sin intermediario, apenas 800 pesos.

Concepto artesanía

¿En dónde radica la diferencia? La respuesta está en el concepto, en el prejuicio de clase que carga la palabra artesanía. De acuerdo con la enciclopedia virtual EcuRed una artesanía es un “objeto destinado a cumplir una función utilitaria cualquiera”, elaborado tradicionalmente por algún pueblo.

No obstante, si analizamos los retablos huicholes antes mencionados, el bate de béisbol que le regaló el presidente Andrés Manuel López Obrador a su homólogo estadounidense Donald Trump ––el pasado 8 de julio en una visita de estado–– o el Vochol ––Volkswagen Sedán decorado con cuentas de colores, exhibido en el Museo de Arte Popular capitalino–– nos damos cuenta que no hay una utilidad aparente. Su propósito es tan solo la contemplación, mostrar la subjetividad del artista.

VocholFuente: MASMX

En ese sentido, es más atinada la definición que da el diseñador Enrico Roncancio pues apunta que estos objetos son:

“el resultado de la creatividad y la imaginación, plasmado en un producto en cuya elaboración se ha transformado racionalmente materiales de origen natural, generalmente con procesos y técnicas manuales. Los objetos artesanales van cargados de un alto valor cultural, y debido a su proceso son piezas únicas”.

Pero esa misma definición ¿no es arte? ¿No un artista plástico transforma los materiales a partir de técnicas manuales y cada pieza es única? Según la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana el término arte “alude a las manifestaciones de la actividad humana en el orden del sentimiento y la imaginación”. Un artesano también lo hace.

Aristóteles apuntó en Ética Nicomaquea que el arte se distingue de la filosofía debido a que es la capacidad de hacer algo mediante la aplicación de un método y ello, lo comparte Roncancio. La importancia intrínseca de un producto artesanal es la técnica y el conocimiento tradicional que plasmará su cultura, su cosmogonía, su lengua e incluso, la ecología de su pueblo.

Los prejuicios de clase

Los argumentos en contra de que la artesanía puede ser arte apuntan al carácter de rentabilidad que podría tener, es decir, se critica que quienes lo hacen viven de ello, lo que provoca que se pierda el concepto romántico del “arte por el arte” ––del filósofo Immanuel Kant en su ensayo Crítica del juicio estético (1790)––.

“El arte (las artes liberales: la pintura, la escultura, la música…) tiene una finalidad, pero muy especial, porque es una finalidad sin fin […] El arte tiene como finalidad propia la manifestación del espíritu divino al hombre”, se lee en texto antes mencionado.

Este concepto trata de explicar que la producción del arte se debe de separar del rédito económico que busca la burguesía, pero al final del día los artistas actuales ¿no viven de su arte? ¿No es un selecto grupo de intelectuales los que deciden que puede llamarse arte? ¿y si no cumple con estándares de clase, lo desechan?

Eso es lo que Karl Marx también criticó en algunos de sus textos filosóficos de 1844, pues sostuvo que el arte popular siempre estaría relegado ya que los dueños de los modos de producción le dieron un sentido materialista a la subjetividad humana.

“Con relación al arte, es de sobra conocido que algunos de sus momentos culminantes no corresponden con el desarrollo general de la sociedad; ni con su subestructura material”, critica.

Pero el arte no es solo algo que se admire en un museo, pues es bien sabido que estos recintos clásicos en pro de la cultura a nivel mundial reproducen y legitiman estereotipos de qué puede ser arte. Por eso los sectores más desfavorecidos de la población no se sienten atraídos por los museos, no es falta de educación, sino que se sienten fuera de lugar porque no entienden la sacralización de las piezas.

Bourdieu escribe en su libro Elementos de una teoría sociológica de la percepción artística. Sociología del arte que “la obra de arte, considerada como bien simbólico, no existe como tal sino para aquellos que poseen los medios de apropiársela, es decir, de descifrarla”.

Las contradicciones

El conflicto radica en por qué un tapiz bizantino puede ser arte y un huipil de Los Chenes en Campeche no puede serlo. Está impresa la misma subjetividad. Cada bordado representa un elemento de la cosmogonía maya, al igual que la selección de colores y la ocasión en que son utilizados. En aquella región el hipil ––como también se le conoce–– otorga a las mestizas no solo identidad, sino de un canal para expresar su sentir, el porvenir de su pueblo.

Los mexicanos debemos aprender a apreciar estas piezas. Entender que el arte rompe los formatos, puede estar impreso en unos aretes, en una manta, en un blusón, en un retablo, en un vasija y no por ello deja de ser motivo de admiración.

Tenemos que dejar de exotizar, demeritar y regatear las horas de trabajo que imprime un artesano en su obra. Sobre todo se tiene que erradicar por completo ese pensamiento clasista de porque no está en una galería no vale nada. Esas actitudes abren la puerta para que las grandes marcas se roben los diseños de los pueblos originarios. Pagamos 500 pesos por una blusa bordada del Zara ––con un diseño plagiado––, pero nos duele pagar lo mismo por un diseño original mazahua ––estampado geométrico oriundo del Estado de México––.

La lucha contra el prejuicio

La labor que hizo la doctora e investigadora ––nacionalizada mexicana–– Ruth Lechuga es de resaltar. Sus 61 años de labor en la recuperación del arte y cultura indígena nos dejó un legado en el Museo Franz Mayer. Más de 13 mil piezas que constituyen 22 ramas artesanales. En dicha colección se destacan las máscaras, las cerámicas, los juguetes, los textiles y las miniaturas porque dan una probadita de qué es México en realidad.

El Patronato del Museo Ruth D. Lechuga de Arte Popular, A.C. es un ejemplo de que sí se puede ver y apreciar al otro; de que los espacios se pueden abrir al pueblo y ello no significa que el arte vaya en detrimento. El cambio de mentalidad queda en manos de cada uno de nosotros.

Ruth Lechuga artesanía
Fuente: Museo Franz Mayer

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