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Palabra Digital

El mayab y su oscuro secreto

Cuando se piensa en el sur del país de primeras brotan imágenes paradisiacas y sitios contundentes llenos de magia y folclore. Pero qué tal si pasa más que eso, ¿qué tal si se oculta un secreto? Sin que nadie nos mire asomémonos por una rendija para entender el acontecer del olvido del mayab.

Por: Tamara Benavides

El olvido del mayab

En la tierra del Mayab el viento habla y se manifiesta. Entre los edificios abandonados del Puuc susurra a los viajeros los males que le aquejan o el olvido que anhela. Nunca fue tan visitada ––más de 2 millones de visitantes al año de acuerdo con la Secretaria de Turismo–– y al mismo tiempo lastimada. Para los de fuera se muestra exótica y misteriosa; un sitio en ruinas que rememora un pasado indígena que hoy se relega.

Uxmal, Kabah, Sayil, X-Lapak, Labná, Dzibilchaltún, Xcambó, Oxkintok, las grutas de Calcehtok y Loltún  ––todas en Yucatán–– evocan un ayer místico, de dioses y sacrificios. De guerreros y chamanes. De un pueblo aguerrido que luchó 54 años, en una Guerra de Castas.

Una tierra de henequén donde un invasor europeo colonizó despiadado en busca de oro y destruyó en un auto de fe la cultura milenaria frente al convento de San Miguel Arcángel en Maní durante 1562. Un linaje que vio arder sus códices, desvanecer sus estelas y que sufrió el abandono de sus dioses gracias al ultraje de Fray Diego de Landa.

Tan solo un recuerdo que se esfuma al compás del abrir y cerrar de las taquillas en los espacios turísticos. Que se extravía en cada pisada descuidada, en proyectos estructurales falaces, en cada fotografía descontextualizada y en cada vendedor que ultraja la tierra de sus antepasados al exotizarse a sí mismo por unos cuantos pesos.

Las frondosas ceibas, los verdes kitanchés y los floreados violetas del balché son nada, ya no representan nada. El sagrado sacbé se esfuma en el ir y venir de más de 453 mil turistas cada verano. Aquel camino blanco ya no lleva a Chichén Itzá porque está muerta. En el intento de convertirla en maravilla del mundo la asesinaron porque se vendió y banalizó lo que significó para los mayas su otoch ––hogar––.

No importa ya que la tierra de los aluxes alberge sitios llenos de magia y arquitecturas imponentes, lo que se supone relevante es el dinero. La injuria no es en vano, 9 mil 754 millones de dólares ––en 2020 según el INEGI–– es el botín que se reparte entre unos cuantos.

¿El paraíso?

Diamantes negros se apoderan de reservas de la biosfera con fines mercantiles, en Tulum, al tiempo que la identidad y el patrimonio se venden. El resultado: pobladores desalmados y empobrecidos. Tradiciones saqueadas y poblaciones folclorisadas. Una estrategia electorera que se valdrá de los recuerdos para ganar los votos de quienes claman por la autodeterminación y dignidad de los pueblos originarios.

Cargadas de dinero las grandes cadenas hoteleras asiáticas llegan al país en pro del progreso y terminarán por destruir los pocos arrecifes de coral que perduran. Pescadores se quedan día con día sin puertos para poder pescar y mares de sargazo azotan las paradisiacas costas debido a una “confabulación anti bonanza” denominada calentamiento global.

Refinerías y plataformas se presentan como generadoras de empleos a la par de que miles de animales mueren víctimas de los derrames de oro negro. Manatíes que huyen a Belice, flora y fauna catalogada en peligro extinción y el recuerdo de cientos de especies que conoceremos tan solo en los museos.

El edén se desvanece y las zonas arqueológicas sobreexplotadas se muestran como un sitio donde se va de compras, donde se regatea, donde se hacen sesiones de fotos y donde se ganan seguidores. Es un espejismo en el cual se olvida de la historia. Ya no se aprende, no se recuerda o se parecía nada.

Las visitas se convierten en un vaivén de apariencias donde se olvida que en aquellos sitios de culto alguna vez hubo un adivino que salió de un huevo para construir una pirámide en una noche o bien, una serpiente emplumada que bajó del cielo para gobernar a los hombres.

El olvido y los pactos que se hacen en el mayab

El Sur se olvidó, se perdió entre la selva y la ira de Chaac se hizo presente con inundaciones despiadadas y huracanes incontenibles que azotaron sus ciudades por varios años. Era una tierra sin ley pero de “buenas costumbres”. Una península que nunca se sintió parte del país al que pertenece; un sitio que se cerró y que relegó a quien no fuera de allí.

Una sociedad mestiza tan cohesionada que el cambio le espantaba. Un sitio donde los secretos no se guardan y los pactos de hacen. Un Mayab en el cual los gobernantes negocian las balas para que el narcotraficantes no operen y protejan a sus familias, mientras cientos de policías amedrentan a los ciudadanos por portar mochilas.

En las calles de la ciudad blanca, por ejemplo, se escucha que son el sitio más seguro del país, pero dentro de casa la violencia está a flor de piel. Abusos sexuales a menores se dan sin control por parte de familiares ––8,266 casos según Observatorio Ciudadano Nacional de la Violencia­­­–––; adicciones que los llevan a ser la entidad más alcohólica a nivel nacional y luego la mentira. La mentira de que allí nada pasa; un paraíso maldito que llora cada día y nadie la escucha. Tan solo la postal del recuerdo de lo que fue y no volverá a ser. Es el otro que no queremos ver.

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