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Palabra Digital

Cuento

Primer lugar
En lo profundo de sus ojos

Por: Jorge Alejandro Medellín Hernández

Carlos estaba dispuesto a bajar a lo más profundo para alcanzar la cima. Antes de cerrar su libro y
meterlo en su portafolios, leyó una frase de Nietzsche: “Si miras mucho tiempo dentro del abismo,
el abismo también mira dentro de ti.” No le dio importancia y miró su reloj por octava ocasión.
Llevaba prisa, pero el tráfico y la lluvia de esa mañana no le hacían ningún favor. El taxi en el que
viajaba había avanzado unos metros en 15 minutos. Afuera, la lluvia azotaba la ciudad como si
quisiera disolverla, para después desaparecer por las coladeras.
La paciencia de Carlos se agotó. Preguntó al taxista si podían tomar otra ruta. Imposible. Su única
alternativa era el Metro. No lo pensó. Sacó un billete de su cartera y se lo entregó al chofer sin
esperar el cambio. Abrió la puerta y extendió su paraguas.
Ya en la calle, Carlos procuraba no pasar por un charco que ensuciara sus zapatos Dolce &
Gabbana ni chocar con la gente que corría para resguardarse de la lluvia.
Miraba a todos con asco. Vivía en mansiones y despachaba desde rascacielos. Viajaba en aviones
privados y helicópteros. La de esa mañana no era su ciudad, era un abismo, un ente que
comenzaba a darse cuenta de su presencia. Carlos sólo pensaba en subirse al Metro. ¿A dónde
diablos se dirigía?
Cerca de la estación, un aroma nauseabundo lo tomó por asalto. Conforme avanzaba, el olor era
más penetrante. Provenía de un grupo de ocho o nueve indigentes que se refugiaban de la lluvia
con bolsas sucias y mantas descosidas.
“Son desechos”, pensó y dudó en pasar junto a ellos, pero no había otra opción para abordar el
Metro.
En eso, uno de los indigentes se paró frente a Carlos y puso una de sus manos sobre el hombro
del joven. Trató de decirle algo. Lucía desesperado, pero Carlos sólo observó el tono amarillento
de sus dientes y la textura rugosa de sus labios.
El indigente intentó advertir a Carlos, pero no pronunció ni una palabra. Sólo alcanzó a balbucear.
A cambio, recibió un empujón. Tras el incidente, el joven bajó las escaleras, mientras contenía el
vómito que le demandaba su mente. El hedor le taladraba el cerebro. Lo tenía impregnado.
El policía que vigilaba los torniquetes observó a Carlos desde que entró a la estación. El impecable
traje negro, el maletin de cuero y su paso veloz le hicieron pensar que era alguien importante. Le
cedió el paso con amabilidad forzada. Carlos no titubeó. Tampoco volteó a ver al policía ni le
agradeció el gesto. Siguió adelante y llegó al andén.
Trató de olvidar el incidente. Sacudió la mancha de tierra de su saco. Abrió su maletín y confirmó
que llevaba los documentos que le asegurarían el futuro, pero el hedor seguía presente. Le llenaba
la nariz, le picaba los ojos. Aún tenía ganas de vomitar. Sacó su loción y se roció un poco con la
esperanza de que el hedor desapareciera.

No sabía cuánto tiempo había pasado desde que se bajó del taxi. Se asomó al túnel para ver si
venía el tren. Fue entonces cuando lo vio por primera vez.
Del otro lado del andén, a unos 10 metros, estaba otro indigente. “¿Será que de ahí proviene el
hedor?”, pensó.
Contrario al primer indigente, éste otro tenía algo que llamaba su atención.
Sin querer, comenzó a analizar a aquel hombre encorvado, que llevaba una bolsa sobre su
hombro. Lucía pesada. Su ropa estaba roída, pero parecían prendas finas. En ese momento, el
indigente giró su cabeza y sorprendió a Carlos con la mirada.
Cobijados por unas cejas gruesas y sobre una cama de ojeras y arrugas yacían unos brillantes y
cristalinos ojos azules, que atraparon la mirada de Carlos.
Él quedó hipnotizado. Su cuerpo se puso rígido. Su corazón comenzó a latir más y más rápido.
Tac, tac, tac-tac. Estaba congelado. Una gota fría corrió por su espalda. Su cuerpo se irguió.
De pronto, aquel hombre de ojos azules comenzó a enderezarse. La bolsa que llevaba en el
hombro se hacía ligera y, poco a poco, se transformaba en un maletín de cuero. Las canas
recuperaron el color. Era un pelo negro, brillante, limpio.
Instantes después, el indigente abrió el maletín, sacó un peine y se acomodó el pelo. Carlos trató
de gritar. Fue inútil. Era testigo silencioso de una mutación camaleónica. El hedor era aún más
penetrante. Su intensidad aumentaba. ¿¡Cómo!?, ¿¡por qué!?
El tren entró a la estación. Aquel hombre se acomodó el saco y la corbata. Miró de reojo a Carlos.
Le lanzó una sonrisa y un guiño. Era como si agradeciera.
Carlos permaneció inmóvil hasta que el tren partió. Sus sentidos regresaron de golpe. Le dolía la
espalda. El hedor que tanto asco le causaba provenía de sus pies, se intensificaba en el estómago
y brotaba por su aliento. Tenía miedo.
Pensó en pedir auxilio al policía que le había cedido el paso. Caminó hacia los torniquetes.
Arrastraba los pies. Era lo más que podía hacer.
—¿Otra vez, pinche loco?, exclamó con desprecio el agente, con un gesto de asco. Carlos trató de
hablar. A duras penas alcanzó a balbucear.
—Sáquese de aquí, ordenó el policía y señaló la salida.
Para ese momento, Carlos no recordaba ni su nombre: “¿¡Qué me está pasando!?” Bajó la mirada
y su sombra le reveló que llevaba una enorme bolsa negra al hombro.
La puso en el suelo. Hurgó en su interior. De entre toda la basura sacó unos papeles arrugados,
llenos de tierra, un libro viejo y un peine sucio, lleno de pelos. Miró su ropa. Se veía fina, pero
desgastada. Reunió todas sus fuerzas y azotó la bolsa contra el piso. ¡Craaack! Se escuchó un
cristalazo. Una botella de loción se había roto con el impacto.
Carlos sólo observó hipnóticamente cómo el líquido de la fragancia se escurría por una cañería. Él
ya no era él. Su sueño se había ido junto con el Metro. Ahí lo entendió todo: el abismo lo había
mirado fijamente.

Segundo lugar
El nopal

Por: Álvaro Morales Vidal

Mientras José cavaba su propia tumba, se preguntó si en algún momento su vida realmente había
valido algo. Bajo el ardiente sol norteño, que quema la nuca y prende fuego a las ilusiones, José
hundía la pala en la árida tierra y sacaba grandes cucharadas de ésta, para después tirarla a un
lado. Mientras trabajaba, sentía la mirada de su verdugo puesta sobre él, aburrida y sin embargo
llena de desprecio, que ocultaba al mismo infierno tras unos lentes de espejo, tal vez eso fuera lo
que le quemaba la nuca. No estaba completamente seguro de quién era ese personaje que le
apuntaba indiferentemente con un arma. Podía haber sido el policía, el gobernador, o el vaquero;
José ya ni se molestaba en intentar distinguirlos, los tres se parecían tanto y le habían pedido
tantas cosas similares que bien podía haber sido cualquiera de ellos. Seguía cavando. Tampoco
sabía dónde estaba. Por lo que había podido observar después de que le quitaron la bolsa de los
ojos, era un lugar triste y que, incluso si no estuviese ahí con el propósito de cavar su propia
sepultura, auguraba la muerte por donde se le viese. Eso, claro, no era de gran ayuda, ya que esa
descripción se le hubiera podido aplicar perfectamente a cualquier parte del pequeño pueblo en
donde creció, vivió, y ahora iba a morir. Al sacar más tierra, José no podía evitar pensar en lo
cómico de taparle los ojos a alguien a quien se planeaba ejecutar mientras se le lleva al lugar del
acto. Quería voltear con su captor y preguntarle si le aterraba la posibilidad de que los muertos
pudieran hablar y de las cosas que fuesen a contar, pero le preocupaba que eso fuera motivo
suficiente para que lo mataran antes de terminar con su labor.
Miró el hoyo que había creado ante sí, de tamaño adecuado como para que cuatro Josés se
acostaran a morir hombro con hombro. Era una tumba lo suficientemente grande, de sobra incluso,
pero José siguió cavando. La única concesión, la solitaria muestra de humanidad si es que se le
podía decir así, que le habían otorgado era la promesa de que él podía escoger el tamaño de su
lugar de entierro, seguiría con vida siempre y cuando siguiese cavando, no habría de morir sino
hasta que tirase la pala a un lado. Extraña prerrogativa pensaba José, que recibiría más respeto en
muerte que todo el que había recibido en vida. Seguía cavando, intentando aprovechar los últimos
momentos de consciencia que tendría. Una presión en su pecho le molestaba desde que había
comenzado a trabajar y solo había empeorado con cada minuto que pasaba ahí; no estaba seguro
de si era por la extenuante labor física o por la angustia de saberse moribundo, pero un ariete
parecía querer romperlo de adentro hacia afuera, como si su corazón supiese su inminente destino
y estuviese intentando escapar de este, escapar del cuerpo del mismo José. Deseaba poder gritar,
voltearse ante su ejecutor y vociferar su rabia e impotencia hasta que uno de los dos cayera
muerto, pero no lo hizo, sabía que era un esfuerzo inútil, un desgaste sin dividendos. Una larga
vida entre los sembradíos le había enseñado que la tragedia no se expulsa a base de improperios,
ni la desgracia se aplaca tras suficientes injurias. Sus brazos le dolían, su cabeza se sentía como si
fuese a estallar en cualquier momento, su espalda pedía piedad, y sin embargo seguía cavando. Le
hubiera gustado tener fuerza incansable, brazos de acero y espalda de caucho, para seguir
cavando sin parar jamás, se decía a sí mismo que haría pasar al desierto entero por su pala y
viviría por siempre antes de dejarse matar. Con cada montón de tierra que levantaba podía sentir
sus fuerzas decayendo, su espíritu enflaquecía con cada estocada de la pala en el suelo.
La primera vez que vio un cadáver, con aquellos ojos vacíos que no mostraban nada más que
terror y la mueca de dolor permanente en sus labios grises, se prometió a sí mismo que, cuando
llegase el momento de aceptar su propia mortalidad, lo haría con valor. La segunda vez que vio un

cuerpo muerto, o por lo menos lo que quedaba de éste, se dijo que sería arrogante ante el llamado
de la Parca, se reiría de la muerte en su cara y le ofrecería el brazo para irse como buenos amigos.
Después de presenciar su centésimo difunto, un hito al que todos los de su pueblo llegan tarde o
temprano, la idea de la muerte le era tan mundana que se convirtió en algo ajeno, se convenció de
que jamás habría de morir, cayó en la negación que le aseguraba que la muerte no era algo real,
que estar vivo y no estarlo era exactamente lo mismo, que el dejar de respirar era sólo un paso
más en una caminata eterna. Estando donde estaba en esos momentos, con el aliento de la pistola
respirando cada vez más cerca de su nuca, sólo podía pensar en que nunca había estado vivo en
realidad. Cuando aceptó trabajar para el hombre que ahora le apuntaba con el arma, algo en su
interior le había advertido que acababa de firmar su sentencia. Tal vez fuese la intuición natural de
alguién que nace en donde hay más fosas que cunas, tal vez fuese el sexto sentido de quien se ha
familiarizado con el luto, tal vez fuese el hecho de que le habían advertido que si la cagaba lo iban
a rajar, ¿quién sabe? Uno nunca sabe cuando la caga, hasta que la caga. El tiempo que pasó
entre que recibió su primer pago y le pusieron la bolsa en la cabeza se sintió como un suspiro, a
pesar de haber sido meses, incluso años tal vez; los días pasan muy rápido cuando todos podrían
ser el último de tu vida.
Se apoyó en la pala para recuperar el aliento, aprovechó para mirar rápidamente a su alrededor.
Nada maś que polvo, nopales, y horizonte. Se preguntó si habría vida después de la muerte, se
preguntó si podría volver a nacer como algo más, como alguien que no tuviese que vivir mirando
tras de sí. Volteó para enfrentar a su asesino, intentando mostrar firmeza en su rostro. Incluso
mirándolo fijamente, no sabía con certeza quién se escondía detrás de aquellos lentes y bigote,
aunque suponía que, cuando te están apuntando con un arma, las identidades poco importan; ante
él no se paraba un conocido, sólo un verdugo, podría haber sido el mismo José quien sostenía la
pistola. Hay algunos que hubieran dicho que nacer en ciertos lugares es simplemente una forma
muy tediosa de suicidarte. Asintió en silencio, su captor le devolvió el gesto. José volvió a mirar a
su tumba, tan grande que parecía un desperdicio usarla solo para él. Alzó la mirada y volvió a
centrarse en el paisaje, mientras escuchaba las botas que se acercaban a su espalda. José cerró
los ojos y aspiró profundamente una última bocanada de aire; le supo amargo. Pensó en los
nopales, estoicos e indiferentes a su propia mortalidad, y deseó brotar de aquel entierro como un
retoño de cactus, con tunas y flores en vez de culpas y tristezas. Fue ese deseo consolador lo
último que pasó por su cabeza antes de que el disparo rompiese el silencio. José cayó al suelo, su
asesino le dio un empujón con el pie para que su cuerpo acabase en el hoyo. Se dio la vuelta y se
alejó lentamente, no se molestó en echar tierra sobre la fosa; sabía que hay algunas cosas que el
desierto oculta por sí mismo.

Tercer lugar
El tornillo de la calle Djevel

Por: César Gabriel Cárdenas Larios

A los Carson se les había olvidado apagar la radio; los acordes de uno de los veinticuatro
caprichos de Paganini emanaban más fuertes que nunca del pequeño aparato negro con forma de
cubo, tanto, que hacían temblar todos los vidrios, puertas y tablones despegados de la casa. Si
alguien hubiera estado ahí para presenciarlo no podría dar crédito a la potencia y magnitud que el
altavoz demostraba, era simplemente incoherente e inverosímil que un armatoste tan insignificante
tuviera la capacidad de transmitir por todo el inmueble a Paganini con esos pizzicatos llenos de
pasión y precisión, con esos movimientos tan profanos y extremadamente prohibidos que hacían
parecer que un aquelarre había entrado en sesión.

El artilugio vociferaba las notas que a su vez el violín interpretaba con una perfección y exactitud
espeluznantes, como si en realidad un raquítico, infame y alado demonio estuviera sentado al pie
de la cama de Charles Carson tocando el instrumento con una maestría digna solamente de seres
inicuos y obscuros. Incluso las tazas, que pendían de las argollas instaladas encima del fregadero
de la cocina, se sacudían violentamente y sin descanso mientras el último capricho, el número
veinticuatro, anegaba todo el lugar sin discriminar ni un solo rincón o recoveco polvoriento.
Para gracia de los justos, ni un solo vecino o curioso se percató del estruendoso espectáculo que
se suscitaba en el número veinticuatro de la calle Djevel, ni un alma salió a tocar furiosa la puerta
de los Carson por el numerito de la radio olvidada, algo bastante extraño si me permiten observar,
ya que el volumen era insoportable desde fuera; estoy seguro de que podía producirle una
persistente y molesta jaqueca a más de un transeúnte incauto. Pero no, ningún humano atestiguó
la invasión de Paganini en el veinticuatro de Djevel y mucho menos, el infortunio que caería sobre
la familia Carson.
Unos minutos antes de su llegada, cuando el violín lloraba el final de la pieza, un diminuto y al
parecer insignificante tornillo rodó por el piso desde el mugriento techo de la olvidada habitación de
los recuerdos; nombre dado al cuarto por Martha Carson, quien lo llenaba con fotos, regalos
indeseados, muebles mohosos, vajillas rotas, notas vencidas y ropa desgastada cada viernes
último de mes, cuando limpiaba la casa y aprovechaba para reunir y esconder las innumerables
botellas de ron de su marido, con la finalidad de aminorar el número de palizas que recibiría en las
semanas siguientes, de manos del que ella juraba en sus pensamientos no era su esposo, sino un
monstruo traído a la vida con cualquier bebida que tuviera el nivel de alcohol requerido.
Ella realmente odiaba a Charles, pero no podía separarse de él porque todas las cosas estaban
bajo su nombre: la casa, los abrigos de mink, las costosísimas copas de cristal cortado adquiridas
en la tienda de importaciones europeas del centro de la ciudad, los delicados y bellísimos anillos
con piedras preciosas de la colección Ritratto de Pomello, los incosteables e inacabables
tratamientos faciales del exclusivo salón de belleza para las mujeres del poblado de Helvete (un
pueblo de costumbres conservadoras que agrupaba a las familias más ricas de la costa oeste y
que derrochaba clase e hipocresía) y claro, la joya de la corona de todas sus posesiones y lujos, un
Packard azul marino de 1950 perfectamente bien equipado y restaurado, sin una sola gota de
suciedad, sin un solo rasguño.
En fin, queridos lectores, volvamos a dirigir la mente hacia aquella habitación de los recuerdos,
específicamente hacia aquel tornillo que había caído junto con los movimientos finales del capricho
veinticuatro de Paganini. El tornillo en cuestión no salió del techo, mucho menos de una de las
decenas de cajas que ahí reposaban, no, se desprendió del ventilador de aspas de metal que se
encontraba justo en medio de la habitación de los recuerdos, de ese viejo y desvencijado ventilador
con aspas pintadas de dorado, que a la vista parecía funcional y necesitado únicamente de una
buena limpieza, pero aquello era diferente; durante el verano pasado, Martha había quitado un
tornillo igual a ese del mismo ventilador del que les he hablado para usarlo en contra del señor
Carson, ella sabía que sus incesantes ruegos en pro de que Charles arreglara la ventana del
cuarto le eran indiferentes, así que un buen día se armó de valor, arrimó una de las sillas
inservibles y desatornilló el ventilador para que el día que Charles quisiera jalar de la cuerda de
bolitas metálicas, una enorme fuente de brillante y roja sangre saliera de su cuello después de que
el ventilador se desprendiera.
Pero eso nunca pasó, Charles entró millones de veces al cuarto y nunca sucedió; Martha siempre
esperaba en la puerta, con una mezcla de miedo, angustia y nerviosismo a que Charles tirara de la
cuerda, pero al final, siempre se aliviaba de que nada sucediera, de que su esposo siguiera
desquitándose con su cara noche tras noche por tres razones específicas: las incalculables deudas
con el banco, su esterilidad (que claramente afectaba su frágil y débil hombría) y su mala
reputación en la oficina de bienes raíces. Martha odiaba los ojos color aceituna que la miraban
fijamente mientras gritaba de dolor al recibir los ásperos puñetazos de su marido en las mejillas,

aborrecía su cara ovalada y su pelo negro azabache, sus labios prominentes y su enorme estatura,
que frente al metro sesenta que ella medía era un verdadero abismo, e inclusive odiaba su voz
gutural que la llenaba de pánico al anunciar su llegada a la violenta e infeliz morada.
Entonces, la caída del segundo tornillo que nadie divisó fue causada por algo más, por alguien, por
una fuerza o un impulso que muchos llaman karma y otros tantos, destino. Pero antes de que se
pregunten porqué les cuento esto, déjenme decirles que en el momento en que el tornillo
abandonó su lecho, dejando únicamente dos tornillos en el ventilador, la ahora feliz pareja
regresaba de un largo paseo por el centro de la ciudad. Parece confuso, lo entiendo, pero deben
saber que los Carson eran ahora dichosos gracias a que Charles había recibido la semana pasada,
de la noche a la mañana, un sospechoso aumento y un nuevo puesto de trabajo, además, unos
días antes les habían informado que un embarazo ya era posible, pues un conteo de espermas
había revelado una obstrucción del conducto eyaculatorio y no esterilidad y para acabar con las
sorpresas, la cadena más grande de bancos de la nación se había declarado en bancarrota, luego
de una demanda derivada de una auditoría que revelaba supuestos fraudes hechos con cuentas de
casi cuatro millones de clientes (sé lo que están pensando y suponen correctamente, la de Charles
Carson era una de esas cuentas), así que el Estado había decidido condonar las deudas y pagos
atrasados en beneficio de ciertos empresarios de renombre que se vieron perjudicados.
Los Carson entraron en la vivienda y se ofrecieron un apasionado y largo beso lleno de amor.
Martha no era la misma, desde hacía una semana había dejado de ocultar sus moretones con
maquillaje, ahora se le veía sonriendo todo el tiempo, mostrando sombras de increíbles colores en
los párpados que ocultaban los hermosos ojos azules color cielo; Martha concorvada, silenciosa y
abnegada había desaparecido y le había cedido el lugar a una mujer despampanante, ataviada con
las mejores prendas y joyas (con las que había contribuido a la antigua deuda familiar; aunque
algunas otras eran robos descarados de algunas de las tiendas de mayor envergadura de las
zonas aledañas al pueblo de Helvete), con un caminar sensual y despreocupado, y claro, un
semblante ciento por ciento pacífico.
Martha seguía sorprendida, mientras quitaba la radio de la sillita en donde la había dejado y notaba
que estaba caliente como mil abismales infiernos, pensaba en qué es lo que había hecho bien
últimamente para merecer todos los obsequios que la vida les regalaba, meditaba, cuál de todas
las oraciones había funcionado o cuál era el santo efectivo, el que la había llevado a ese estadío de
felicidad imprevista, de placer instantáneo, de riqueza añorada.
Meses enteros transcurrieron, veinticuatro meses para ser exactos, pero no hubo día en el que la
pareja no fuera dichosa, en el que no se les viera profundamente alegres. Y digo que no hubo días
infelices, porque para estas alturas las noches eran tema aparte; Charles era un insomne hecho y
derecho, no conciliaba el sueño de ninguna forma, se ponía de pie y se quedaba absorto, mirando
la silueta delgada de la mujer de su vida tendida en la cama, con esa cabellera rubia y los labios
bien definidos, con las manos caídas en las caderas mientras era poseída por un profundo e
inalterable sueño. ¿Por qué uno de los hombres más afortunados del planeta no podía descansar?
Queridos lectores, es muy fácil atender a esa pregunta, es sencillo responderla, pero para eso hay
que remontarse veinticuatro meses en el pasado, cuando Charles disfrutaba ampliamente de
golpear a Martha hasta altas horas de la madrugada y el alcohol lo noqueaba.
Charles se quedó despierto una de tantas noches violentas, sentado al borde de la cama
matrimonial con sábanas blancas, con la camisa abierta y el pantalón desabotonado, con un vaso
enano de vidrio que estaba a punto de resbalarse. De pronto, agarró el vaso con todas sus fuerzas
y lo lanzó hacia la pared que tenía frente a él; los cristales se desperdigaron por la alfombra
grisácea del cuarto mientras gritaba fúrico, inflado de coraje y desesperación, culpando a Dios y a
toda la guardia angelical, reprochando su violencia, sus desgracias, sus despilfarros y su mal
carácter. Blasfemó a los cuatro vientos en contra de todas las divinidades existentes hasta que las
luces se apagaron repentinamente. Charles se quedó con la boca abierta, en silencio, con la mano
a medio cerrar, intentando juntar las fuerzas necesarias para levantarse y prender la luz, cuando

súbitamente, una mano esquelética juntó sus puños y los acercó a un cuerpo peludo y ardiente.
Las luces se encendieron cuando Charles estaba a punto de desmayarse, pues se encontró con un
diablo de más o menos un metro de altura, agazapado en el filo de su cama, con las alas bien
abiertas, la lengua de serpiente salida, las pezuñas marcando las sabanas y los cuernos picando el
techo.
El demonio nunca dijo su nombre sólo se dedicó a tocar un pequeño violín y a hablarle de las
cosas que podía ofrecerle, del trato más interesante que un humano podía obtener de un demonio,
veinticuatro meses de riquezas infinitas, de sexo alocado con los seres más impresionantes del
cosmos, elíxires de sabores increíbles, armas de potencia incalculable y todos sus más grandes
deseos hechos realidad. Charles no supo si lo que estaba viendo era una pesadilla o producto de
la bebida, pero acercó su dedo y aceptó derramar su sangre sobre un papel.
Después de veinticuatro meses de viajes, fiestas, noches de amarse sin cansancio o descanso y
las infinitas compras, amaneció; por la tarde se dedicó a sacar algunas cosas de la habitación de
los recuerdos. Prendió la luz y el ventilador, terminó rápidamente de examinar los artilugios y al
momento de jalar la cadena, las aspas desprendidas le cercenaron la cabeza desplegando un
abanico impresionante de espesa sangre. La cabeza rodó por el suelo mostrando sus facciones en
terroríficas posiciones; la expresión del rostro era de angustia, de perdición y de vacío, como si no
tuviera con qué pagar la exorbitante suma que había acumulado a cambio de una increíble e
inexplicable suerte. Martha observó todo desde la puerta, empapada en sangre con una amplia
sonrisa diabólica en los labios, con gruesas lágrimas cayendo de sus ojos y con el capricho
número veinticuatro de Paganini sonando en el fondo, desde esa descomunal radio que se prendía
y apagaba indiscriminadamente.

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