Rincón literario 26/02/2010  



Tan frío como la nieve

Por: Jimena Aguilar Machado


Llevaba dos horas en esa carretera, sabía que faltaba otra antes de llegar a mi destino. Las orillas del camino estaban cubiertas de nieve que parecía lodo. La radio solamente sintonizaba interferencia. Nada más sonaba la suave respiración de Marisol, quien dormía en el asiento de junto recargada contra la ventana. Me gustaba contemplarla; una pequeña nariz, parpados que terminaban en largas pestañas ocultando unos grandes ojos cafés, cabello del mismo color cubriendo la mitad de un rostro perfecto. Me pregunté que estaría soñando. Sumido en mis propias reflexiones se me pasó el tiempo rápidamente. Ella despertó y de inmediato me señaló la montaña. Ahí debe ser donde vamos a ir a esquiar. Dijo Marisol con entusiasmo. ¡Está enorme! No contesté, no sabía que decir. Esa clase de paisajes únicamente los había visto en la televisión. ¡Párate aquí! Me ordenó: yo, me estacioné. Se bajó del coche a sacar fotografías. Luego me bajó del auto para hacer una toma que  nos incluyera a los dos frente a la montaña. De todas formas no se me va olvidar este momento, pero quería la imagen. Me dijo y retomamos el camino.

Habíamos reservado una cabaña en internet. Fui a registrarme y rápidamente me dieron las llaves. Era una estructura, cuadrada de madera con escaleras enfrente a la puerta. Marisol se metió emocionada, como si fuera una niña entrando a su casa de muñecas, mientras yo sacaba las maletas de la cajuela. Ella curioseaba por cada rincón del inmueble, hasta ganas me dieron de comprarle la casa. Salimos a caminar por los alrededores, nos aventamos bolas de nieve como habíamos visto en la televisión, hasta que nos cansamos. Seguimos explorando el parque y encontramos un lago congelado donde había gente patinando. Rentamos unos patines e intentamos imitar a las personas a nuestro alrededor,  después de tantas caídas nos fuimos desilusionados. A pesar del dolor que me causó golpearme contra el hielo tantas veces me sentía feliz, Marisol también, al menos lo parecía. En cuanto oscureció empezó una nevada. Torpemente prendí la chimenea, teníamos tanto frío que nos sentamos enfrente al fuego y asamos malvaviscos.  Ella se divertía derritiéndolos hasta que se incendiaran y emulaba una antorcha. Ese momento me pareció oportuno para llevar acabo mi plan. Marisol tengo que hacerte una pregunta. Inicié nervioso. ¿Qué pasó? Ella contestó ensartando despreocupadamente varios bombones en una vara. ¿Quisieras o alguna vez has contemplado la posibilidad de que tú y yo nos casemos? Dije sacando el anillo de mi pantalón. Esa se quedó en silencio como si analizara mis palabras con incredulidad. Temí una negación rotunda. ¡Claro! Exclamó emocionada y me abrazó,  brincó por toda la sala. Esa reacción me llenó de alivio.

Al día siguiente fuimos al parque de skie. Nos inscribimos en clases express y el instructor nos mandó a rentar el equipo. La fila era larga. Mientras avanzaba Marisol me comentaba sus ideas acerca de la boda, ya estaba buscando fecha y decidiendo a quien no invitar. Jugaba con su nuevo anillo. Cuando nos entregaron el equipo ella se percató de que apenas llegábamos a la clase. Después de ponerlos las botas para esquiar, con mucho trabajo llegamos a la pista. Ella se burló de cómo caminaba. Nos enseñaron a ponerlos los esquíes y como frenar. Marisol se reía disimuladamente cuando alguien más  se caía. Una joven asiática la miraba con rencor. El viento glaciar que soplaba en la montaña era tan fuerte que lograba moverme, causando que me deslizara cuesta abajo. Marisol me perseguía para detenerme. Ella estaba resultado muy buena para ese deporte y yo daba pena. Terminada la clase nos subimos a la telesilla en la montaña más pequeña. Yo me deslizaba torpemente. Ella, en cambio descendía llena de seguridad me parecía un ángel con esquies, hasta que una fuerte ventisca la golpeó haciendo que perdiera el control. Vi como chocó contra un pino que al impacto la cubrió de nieve. Me saqué los esquíes bruscamente y corrí hacia ella. Otro sujeto se me adelantó, la sacó de la nieve. De inmediato llamó una ambulancia, él se encargó de tranquilizarme. Su nombre es Alejandro. Me explicó que es médico, agregó que él personalmente se encargaría de curarla. Eso fue un alivio.

Esperé impaciente en la sala del hospital que alguien me dijera algo acerca de Marisol, o me dejaran verla. Alejandro fue a explicarme lo que pasó con ella. Se golpeó fuertemente la cabeza con el tronco del árbol, pero ya está consiente y no se queja de dolor lo cual es bueno, mañana la darán de alta. Él me comentó antes de permitirme pasar al cuarto. Hola. Saludé al verla en la cama con una gasa en la frente, ella parecía no reconocerme. ¿Quién eres? Me preguntó confundida. Escucharla decir eso me llenó de terror. ¿No te acuerdas de mí? Insistí. ¿Dónde estoy? Ella estaba angustiada. Soy yo Adolfo, estás en un hospital por que te caíste esquiando. Dije ocultando mi desconcierto. Le expliqué que estábamos de vacaciones, que nos íbamos a casar, que su mamá venía en camino. No se acordaba de nada. Se acabó la hora de visitas y Alejandro me sacó de la recamara. Acampé en la sala de espera. La noche más larga de mi vida. ¿Qué iba hacer si Marisol no se acordaba de mí?

Amaneció y llegó la familia de Marisol. Alejandro les informó que no podían darla de alta por que ella desarrolló amnesia, y eran necesarias unas pruebas para ver que tan grave fue el daño. Concluyeron que pronto recuperaría la memoria. Su mamá le estuvo enseñando fotos, en ocasiones parecía recordar. Intenté hacer lo mismo con su cámara, pero no dio resultado, supongo que eran recuerdos muy resientes.

Una semana después del accidente según Alejandro y los demás doctores Marisol había evolucionado favorablemente recodando gran parte de su vida pasada, todo menos mi existencia. Adolfo, ya sé que me habías dicho que nos vamos a casar, pero la verdad es que no te recuerdo. Dijo con indiferencia. Por el tiempo que te he estado tratando dudo que tú seas el hombre indicado para mí, tal vez por eso no me olvidé de ti. Yo no sabía que contestarle y ella me regresó el anillo. Me corrió y dijo que si se acordaba de mí me buscaría, pero que lo dudaba. Al día siguiente se fue con su familia.
Pasaron las semanas y ella no me recordaba. Opté por espiarla, se veía feliz. Como si nunca me hubiera necesitado, inclusive empezó a salir con Alejandro. Quería olvidarla pero era imposible, ella era simplemente tan perfecta. Pasaba las noches sin dormir meditando donde estuvo mi error. ¿Qué clase culpa estaba purgando con este castigo? ¿Por qué tardaba tanto en acordarse de mí? Yo no hacía más que revivir en mi mente cada momento que habíamos pasado juntos. Realmente no hubiera cambiado nada, excepto ese estúpido árbol.

Un año después me enteré que se casaría con Alejandro. Me llené de ira, celos y ansias por destruir. Varias noches me imaginé acabando con la existencia de Alejandro, entre más sangre y sadismo mejor me sentía, hasta que era consciente de que no podía ir a eliminarlo, no sólo por que era moralmente incorrecto también su destrucción haría infeliz a Marisol y alguna vez juré que nunca haría nada que opacara su felicidad. Simplemente fui a la boda, me senté en la parte de atrás de la iglesia con la intención de pasar desapercibido y cerciorarme de que ella estaba feliz. Una mueca o mirada triste y me hubiera levantado a impedir la boda, eso me hubiera llenado de dicha. Pero no, era su gran día, y no era conmigo. Su madre me vio, no me dijo nada, ni siquiera me miró con disgusto, era más lastima que otra cosa lo que había en esa mirada. La ceremonia fue tan tortuosa que salí huyendo decidido a no pensar en ella nunca más o morir en el intento o simplemente morir. No hice ninguna de las tres. Pasaron los años y en ocasiones me encontraba a la feliz pareja en el parque, en restaurantes. Nunca se percataron de mi presencia. Vi como la familia creció, siempre con el pensamiento de que pude haber sido yo.

Recuerdo un día en el supermercado que Marisol se formó atrás de mí en la fila para pagar, podría jurar que no me reconoció, habían pasado veinticinco años del accidente y si después de eso no se acordaba de mí obviamente hoy no me reconocería. Seguía siendo hermosa aunque era evidente el paso del tiempo, en mi caso parecía un hombre apunto de desmoronarse, eso se lo atribuyo a su cercanía en ese momento. Hubiera deseado no darme cuenta que estaba atrás de mí. Sentí su mirada y giré para verla, supongo que me gusta torturarme con ella. La miré con tristeza. En el fondo tenía la esperanza de que ella en ese momento me dijera que se acordaba de mí, que ahora sí estaríamos juntos. Fue mi turno de pagar y salí caminado por la avenida,  sabiéndome olvidado para siempre. 

 

Basilio Vadillo 43, México DF. Metro Hidalgo. Teléfono 55 10 49 00 al 03. www.palabradigital.com.mx