Los marginados del sindicato de los sueños
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Por: Alonso Díaz de la Vega Tinoco |
El patio del Antiguo Palacio de Medicina se ha disfrazado como un foro para escuchar una conferencia hablada en la lengua de la fibra óptica y la interferencia. Los asistentes, uniformados por el estereotipo de intelectuales de La Condesa –tenis, pantalones de mezclilla y sacos que envuelven playeras más caras que el resto del atuendo en los hombres; las mujeres se distinguen por el cabello largo y blusas oscuras– se iluminarán sólo en los intermedios entre los actos de música avant-garde de Jorge Haro, Angélica Castelló y Burkhard Stangl y Tony Conrad, pues el sonido de dos laptops trabajando estrangula hasta el oxígeno.
Las estrellas son testigos mudos, inconmovibles; están temerosas de la boca eléctrica que con un grito se comerá su brillo. La piel de la pantalla que enfrenta a los visitantes se camufla con la noche; es más negra aún y la atraviesan dos líneas rojas interrumpidas por la sombra del artista argentino, Jorge Haro.
Entran El Abogado y El Periodista, llegan tarde y los recibe un muro de sonido que intenta seducir a la sangre en los oídos e invitarla a que salga a bailar.
El Abogado: No mames, ¡van a ser tres horas de esto?
El Periodista: Al rato se pone mejor…. Espero.
Se quedan de pie; las gradas están llenas y el piso está frío, pero las columnas que delimitan el cuadrilátero en que se confrontan las mentes no bloquean la vista.
Las líneas rojas en la pantalla se cimbran ante la voz de un millón de agujas paridas por el coqueteo de los dedos y el teclado del argentino; la criatura es un monstruo acústico que llora en bytes y perfora la quietud. La pantalla se transforma en un sismógrafo y más tarde en una estadística que mide la emoción vacía que empieza a engordar con cada segundo mientras extrae las sensaciones de la audiencia, que va cayendo en un trance desde la gradería hasta los promontorios de razón que se sientan en el suelo.
El Abogado: En serio, no mames, ¿Qué quiere decir esto?
El Periodista: Algo, pero no sé qué. La fusión con las imágenes tiene que significar algo, es como la computadora hablando… O tal vez es pura mamada.
Haro se mantiene de pie frente a la mesa de plástico que se erige como la fuente del sonido, la ballesta que lanza un arpón de miedo paralizante, hipnótico; un temor extraño que con zarpazos extrae la movilidad y la razón. El sonido es tan denso que puede verse, no sólo en la pantalla, sino en las miradas fijas, muertas, revividas por el silencio que es en breve desangrado por el aplauso. En la piel se siente una caricia siniestra, los poros cocean como bestias queriendo dejar al esqueleto desnudo.
El Periodista: Como que me está empezando a dar miedo, wey.
El Abogado: ¿De qué?
El Periodista: Ese pinche ruido.
Después de tres interpretaciones, el sonido muere lentamente, anegado en la sombra del silencio, cansado por patalear bajo las olas mudas que se estrellan contra el aplauso.
Con el sonido de las palmas se estrellan dos risas que atraen miradas desdeñosas. “No le entendieron estos imbéciles” dicen las bocas que hablan sobre El Abogado y El Periodista.
Los instrumentos de los siguientes músicos los harán reír más, marginándolos del sindicato de los sueños. |