Lo que el agua se llevó… y lo que trajo
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Por: Érika Castillo y Gustavo Sánchez |
No es como llorar y consolarse; como ver estallar la tormenta y contemplarse después en la calma, porque el agua no toca a la puerta, simplemente… la tira.
En la Tercera Sección de Valle de Aragón, en el Estado de México, Francisco Cruz, de edad avanzada, saca una vieja silla de madera aún hinchada por la humedad, trae entre las manos un pequeño trapo sucio con el que consuela sus pérdidas; ha puesto boca abajo una mesa y mientras limpia las patas de su mueble, lágrimas corren por su rostro. No ha querido levantar la mirada. La resignación le llegó con un poco de sol y de viento, la puerta de su casa aún sigue abierta, sabe que ya no es codicia las miradas que pudieran entrar.
- ¿Sabe?- me pregunta a manera de desahogo- cuando llegué a esta Ciudad me preocupaba el hambre y el frío porque no tenía nada encima que perder; luché por años para conseguir sólo unas cuantas cosas que dejarles a mis hijos, y de repente, un buen día se nubla el cielo y acaba con todo.
Las casas de la calle, a orillas del Río de los Remedios, tienen un triste estigma: marcas y cicatrices de las aguas negras que hace unas semanas comenzaron a correr al desbordarse el río por las intensas lluvias ocurridas a principios de febrero, que causaron estragos y pérdidas a distintas poblaciones en el Distrito Federal y en el Estado de México.
En esta colonia de Aragón, algunas mujeres aún barren las calles y rocían cloro como quien echa agua bendita; los niños juegan en una pequeña glorieta en columpios corroídos por el tiempo y el olvido.
El hombre sigue limpiando. -Venía de recoger a mi nieta de la escuela, y mientras avanzábamos, el agua empezaba a entrarnos a los zapatos. No pude cargarla, porque ya está muy pesada; tuve que resignarme a seguir caminando, pero no era solo agua, vimos ratas flotando y el olor a heces fecales se hizo insoportable.
Hoy el río hoy está tranquilo, quieto, pareciera que siempre ha sido así, pero un zaguán lo delata; está vencido y tras sus rejas, yacen muebles amontonados, sucios, hinchados e inservibles. Una mujer se acerca para desahogarse en un lamento.
- Nos dejaron salir del trabajo a los que vivimos por donde se inundó. Tomé un taxi y ya no pudo entrar a la colonia. Llegué aquí como pude. El agua me llegaba hasta el pecho y tuve que agarrarme de todas las puertas para llegar hasta mi casa. Mis dos perras estaban ya muertas, las crié desde cachorros. Eran mi única compañía-, dice la mujer mientras llora detrás de sus anteojos.
Las calles huelen aún a desperdicios, en algunas esquinas aún están amontonados en pilas; algunas mujeres pasan con miradas de curiosidad, como si visitaran un museo. Varios de los vecinos dirigen sus pasos hacia una tienda de abarrotes situada en la próxima esquina. Ahí se han vuelto a reunir; algunos gritan, otros cruzan los brazos atentos y otros ya bostezan. Sólo los del centro de aquella junta parecen debatirse el control.
Un vecino se abre paso desde el centro y sale enfurecido. - Peña Nieto vino a censarnos los daños materiales. Vinieron a vacunarnos como a los dos días. Cuando vieron que las aguas no bajaban vino el ejército y hasta en lanchas aquí andaban. Trajeron pipas y comenzaron a echar las aguas hacia el río. Creo que hasta la bombearon para allá. Del dinero dijeron que iban a venir a sacar cuentas de lo que habíamos perdido, pero ni han venido. Nos trajeron algunos víveres y dos litros de cloro por vecino. ¿Usted cree que con eso nos va a alcanzar? Ahora dicen que van a poner mantas en toda la colonia. ¡Y piensan que van a venir a leerlas!- Escupe unas cuantas palabras más y se va rabiando.
El ambiente huele a humedad, a tumultos y a inconformidades. Una segunda mujer se acerca.
- El agua iba para el Distrito, pero decidieron cerrar las compuertas y dejar que corriera para donde estaban los “jodidos”, ¡que se inunden ellos! Total, ni a quien les importe. Nomás estamos esperando a que vuelva a llover para ver ahora que hacen. Ya ni ganas dan de comprarse uno nada. Yo nada más me quedé con este par de zapatos que aguantaron el agua, hasta la ropa se nos echó a perder. No me quedó ni un catre donde dormir.
El Arenal se convirtió en mar
Si alguna vez existió la calma en la Cuarta Sección de El Arenal, en la delegación Venustiano Carranza, hoy no queda huella. El agua trajo la zozobra y el desconcierto… ¿por qué nadie previó esto?
Quince días después de intensas lluvias y la ruptura del drenaje, la señora Isabel Martínez, se asoma por la ventana. La tempestad ya pasó. Ahora su sala parece más una bodega, donde guarda libros, ropa, electrodomésticos… Todo está mojado, menos ella. Aunque a veces sus lágrimas la empapan.
“Más o menos ya estamos saliendo de esto, pero todavía nos falta mucho”, reconoce escoba en mano. Ella, como muchos, aún limpia. Acomoda su casa, que es tan solo de un piso, como la mayoría en esta colonia en la que todos reacomodan sus vidas.
Alfredo Briones y su esposa riegan la entrada de su vivienda. Adentro, luce ya limpio, pero el olor fétido amenaza con volver a entrar.
“En nuestro caso se echaron a perder el refrigerador, la estufa, lavadoras, camas, muebles, los carros”, relata, mientras los otros vecinos continúan con el trabajo.
Tan sólo en esta sección son más de mil las casas dañadas, en 16 manzanas. “Por lo menos no nos mató”, se consuela Octavio Alvarado.
La promesa del día, por parte del Gobierno del Distrito Federal y la delegación, es que les van a pintar sus fachadas. Los colores son: amarillo, champagne, ostión… parece que lo negro ya pasó. |