El oso comunista y sus corderos
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Por: Rafael Paz |
Observar El ángel exterminador (1962) de Luis Buñuel es confrontar a la burguesía con su presente, entorno, costumbres y desenvolvimiento hacia las demás personas.
El guión, original de Buñuel, está plagado de frases memorables y lugares donde el espectador se cuestiona el por qué este grupo de personas se ve inhabilitado a hacer lo que desea, tema que es abordado en otras cintas de Buñuel como Ese oscuro objeto del deseo (1977), donde al protagonista se le niega la satisfacción sexual; en La edad de oro (1930), los amantes desean unirse pero fracasan; mientras que en El discreto encanto de la burguesía (1972), los personajes desean cenar juntos, no importando lo demás, sin embargo, tampoco lo consiguen.
En El ángel exterminador, los burgueses se ven impedidos de salir, sin ningún motivo aparente, de la sala donde reposan los alimentos después de la cena. Buñuel logra plasmar e introducir al espectador en la claustrofobia y desesperación que sufren los personajes (parecido, aunque en un sentido totalmente diferente, a la claustrofobia descrita por Roman Polanski en Repulsión 1965).
Es durante su cautiverio que inicia la confrontación entre los personajes y las tradiciones burguesas. No es gratuito que cuando uno de los participantes de la cena se despoja de su frac, los anfitriones exclamen que se ven en la penosa necesidad de rebajarse al nivel de su invitado mientras relajan sus prendas.
También está cargado de simbolismo el diálogo que entablan las señoras de la alta sociedad al hablar de un accidente de tren, en cual, el vagón de tercera clase sufre un accidente y la mayoría de los pasajeros muere, pero como son pobres “sufren menos”, en cambio, la misma que dice no sentir lástima por los fallecidos en el desastre, asegura haberse desmayado en el funeral de un príncipe europeo por ser una pérdida muy importante para su familia.
Buñuel provoca que con el paso de los minutos se generen sentimientos encontrados hacia los personajes: por una parte su situación genera lástima pero al mismo tiempo es posible justificar su “castigo”.
Es preciso resaltar que Luis Buñuel nunca se sintió satisfecho con la película, pues él deseaba filmarla en Europa, donde tendría “cierto lujo en el vestuario y los accesorios”. Igualmente, el director se esforzó por elegir actores cuyo físico no evocara necesariamente al de un mexicano, como lo explica en sus memorias (Mi último suspiro de Luis Buñuel y Jean-Claude Carrière).
Es oportuno señalar que estos lamentos de Buñuel no menoscaban la calidad de la cinta, que tiene como protagonistas a Silvia Pinal (en su segunda cinta con *Buñuel*) como Leticia, Enrique Rambal como Edmundo Nobile, Claudio Brook (quien tres años después seria el actor principal en Simón del Desierto 1965) como Julio, el mayordomo, y Jacqueline Andere como Alicia de Roc.
El surrealismo también es parte esencial de la cinta, como se ve reflejado en varias de las secuencias y en el guión mismo. Desde el comienzo podemos observar cómo el surrealismo se hace presente en escenas como aquella en que los invitados entran a la casa, pues se repite de forma extraña; hay otras, como en la que un par de corderos (que después son destazados) y un oso merodean la casa, o cuando una de las invitadas sueña continuamente con una mano que sale de una de las puertas, mientras que otra expresa haber visto un águila pasar al bajar la tapa del retrete.
Todos estos guiños al surrealismo, movimiento del cual Buñuel formó parte junto con su amigo, Salvador Dalí, y que daría forma a su primer filme, Un perro andaluz (1929), nunca fueron explicados por el director como algo más allá del deseo de plasmarlos en celuloide.
Si al final de la cinta Los olvidados (1950), Pedro es incapaz de cambiar su destino fatal, en El ángel exterminador, todos los asistentes a la fiesta escapan de la casa, pero al visitar la iglesia, vuelven a verse cautivos de sus propias tradiciones y no pueden salir, dejando al espectador atrapado en sus propios problemas y cavilaciones.
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